El acordeón cruzó la frontera. El norteño lo volvió suyo.
De la polka y el bajo sexto a los primeros discos: una historia de mezcla entre el noreste de México y Texas.
El sonido que hoy llamamos norteño no nació dentro de una frontera cerrada. Smithsonian Folkways sitúa el desarrollo de la música texano-mexicana en el noreste de México y el sur de Texas, durante la segunda mitad del siglo XIX. El acordeón llegó con migrantes europeos; músicos de la región incorporaron polkas y valses y los hicieron propios. “Influencia” aquí no significa copia: significa trabajo de adaptación.
El ensamble típico que describe el archivo reúne acordeón, bajo sexto y contrabajo. El primero puede conducir melodía y adornos; el bajo sexto aporta ataque rítmico y armonía. Las primeras grabaciones documentadas muestran acordeones de botones de una y dos hileras. Con el tiempo llegaron instrumentos de más hileras y nuevas posibilidades para los intérpretes.
La colección “Norteño and Tejano Accordion Pioneers 1929–1939” conserva piezas de Narciso Martínez, Santiago Jiménez, Jesús Casiano y otros músicos. En su lista aparecen polkas, mazurcas, valses y hasta un huapango. Es una evidencia audible de mezcla: la etiqueta regional nunca obligó a tocar un solo ritmo.
Folkways recuerda que la música se grabó comercialmente desde fines de los años veinte y alcanzó a públicos hispanohablantes por radio en Estados Unidos hacia mediados de los cincuenta. También destaca a Lydia Mendoza y a dúos femeninos en esa historia. La imagen de “dos hombres y un acordeón” deja fuera voces que participaron en la construcción de la escena.
Nuestra lectura: el acordeón es un buen recordatorio de que una raíz puede ser un cruce. Cada vez que un grupo contemporáneo lo coloca junto a una voz pop o una producción urbana, no rompe una pureza original. Continúa una práctica que se hizo escuchando lo que venía de otras partes y respondiendo desde un lugar propio.